Monteverdi y la ópera venenciana

La ópera veneciana del siglo XVIII es uno de los principales héroes de la novela de Carpentier. Se trata de un estilo especial que fue objeto de intensa actividad en muchos teatros en la ciudad. Innumerables empresarios, compositores y artistas eran parte de esta verdadera industria, que atrajo grandes audiencia de toda Europa. Pero al mismo tiempo, se trata de un estilo parcialmente olvidado hoy en día, y entre sus más destacados compositores hay muchos que incluso los amantes de la música clásica no están familiarizados con sus obras, y es posible que ni siquiera hayan escuchado sus nombres.

Las óperas de esta época atraen audiencias bastantes limitadas hoy en día. Ellas no son frecuentemente llevadas a escena, y se realizan relativamente pocas grabaciones (aunque sí puede notarse un reciente aumento de éstas). A pesar de la popularidad creciente que la música barroca adquirió desde mediados del siglo XX, incluyendo la ola de interpretaciones con “instrumentos históricos” que comenzó en la década de los 1970, eso no fue suficiente para cambiar el estado de olvido que afectó a la ópera italiana del siglo XVIII. Las óperas de Vivaldi ni siquiera habían sido catalogadas hasta el inicio de los 1980, e incluso hoy en día sus interpretaciones son contadas y sus grabaciones son escasas. Trataré de delinear aquí algunos hechos de trasfondo que iluminan los rincones ocultos en la novela de Carpentier que atañen a las obras que se incluyen dentro de este estilo musical.

De primordial importancia en este contexto es Claudio Monteverdi (1567-1643), quien a principios del siglo XVII fue uno de los músicos más destacados de Venecia, donde trabajó de 1613 a 1643. Las autoridades de la ciudad lo invitaron desde Mantua, y le destinaron como encargo especial la tarea de restaurar la gran tradición musical que se había desarrollado anteriormente con el fin adornar y glorificar las muchas ceremonias religiosas que se celebraban en Venecia, especialmente alrededor de la Basílica de San Marcos. La estructura acústica peculiar de esta basílica estimulaba a los músicos a componer piezas vocales basadas en un diálogo sonoro entre dos coros a varias voces, situados en extremos opuestos de los largos y altos pasillos. El canto se acompañaba de uno poderoso órgano y, a veces, incluso de una orquesta festiva de metales.

 

El estilo polifónico veneciano del siglo XVI había sido iniciado por el compositor flamenco Adrian Willaert (1490-1562) y alcanzó su clímax con las composiciones de Andrea Gabrielli (1532-1585) y de su sobrino Giovanni Gabrielli (1555-1612). Después de la era de los Gabrielli, San Marcos conoció un rápido decline, y Monteverdi fue llamado para restaurar el esplendor musical de la ciudad. Monteverdi cumplió con creces y de manera brillante las expectativas que le cifraron, aunque con un cambio significativo en el tipo de música que cultivó. Durante su era veneciana, Monteverdi compuso varias óperas famosas, y abrió el camino para el desarrollo del nuevo género que floreció en las siguientes décadas en la ciudad. Otra figura importante, y un compositor particularmente influyente en esta nueva tendencia, fue su alumno Francesco Cavalli (1602-1676).

 

Monteverdi, y a raíz de él también Cavalli, operaron dentro de un nuevo contexto que se inició con la apertura en 1637 del Teatro San Cassiano. Este fue el primer teatro privado que presentó óperas destinadas al público general que estuviera dispuesto a pagar por asistir a la gran fiesta. Recordemos que la ópera como género musical independiente comenzó a finales del renacimiento en Florencia, alentando por un grupo de humanistas que operaban en la ciudad bajo el nombre La Camerata Fiorentina, y que propiciaron el renacimiento de lo que ellos concebían como una tradición dramática popular existente en el mundo griego clásico. La elección de los temas se realizaba consecuentemente. El más famoso entre los miembros de la Camerata fue Vincenzo Galilei (1520-1591), padre de Galileo Galilei (quien fue él mismo un talentoso lautista). Las primeras producciones se realizaron con el apoyo de nobles locales, como la Casa Medici en Florencia o la Casa de Gonzaga en la ciudad de Mantua.

 

El primer hito operático se estableció en Mantua en 1607, con la presentación de Orfeo por Monteverdi, y que fue definida como un “cuento musical” (Favola in Musica). A medida que el estilo evolucionó en las décadas siguientes, los temas provenientes de la mitología griega continuaron siendo utilizados en la trama, casi exclusivamente.

 

Al abrirse el primer teatro veneciano, la ópera pudo emerger desde los cerrados salones de la aristocracia a un ámbito más abierto, en el que la clase media también podía disfrutar. Las dos últimas óperas de Monteverdi se presentaron en otro teatro que se abrió como parte de esta tendencia, el teatro Santi Giovanni e Paolo. Las dos óperas se presentaron en honor a la temporada de carnaval: en 1639-40 "Il ritorno d'Ulisse in patria" y en 1642 "L'incoronazione di Poppea”, que Monteverdi escribió a la edad de 75 años.

 

Pronto se construyeron otros teatros de este tipo en la ciudad: el Teatro San Samuele, que se inauguró en 1656; Teatro Grimani a San Giovanni Grisostomo, que se inauguró en 1678 y todavía sigue activo bajo el nombre de Teatro Malibran; Teatro San Moisè, que funcionó desde 1620 hasta 1818 cerca del Gran Canal; Teatro San Benedetto, que se inauguró en 1755, se quemó por completo en 1774, y en su lugar se fundó el Teatro La Fenice, que se hizo famoso entre los teatros de ópera venecianos y continúa operando hasta nuestros días. Monteverdi, debe recalcarse, no sólo compuso óperas en este período, sino también madrigales, que eran composiciones para múltiples voces ejecutadas por un pequeño grupo de cantantes.

Entre 1700 y 1743 se presentaron no menos de 430 óperas en la ciudad, y el público acudió con entusiasmo a cada nueva producción. La música generalmente era de estilo ligero, compuesta con la intención expresa de ser una agradable para todas las audiencias. Las tramas estaban concebidas para servir el mismo fin. El ambiente excepcional que se vivía en las galerías del teatro de la ópera de Venecia llamó la atención de los viajeros en la ciudad, quienes lo documentaron en detalle. Carpentier se basó directamente en estos informes al describir en el capítulo vii la atmósfera que prevalecía el día del estreno de la ópera Motezuma. Gracias a esos informes, sabemos que las entradas y salidas de los cantantes al escenario eran acompañadas de rugidos, aplausos, silbidos y regocijo. En medio de las arias más desafiantes, la multitud alentaba a gritos a los cantantes, como si fueran luchadores en un cuadrilátero. Este público tenía menos paciencia para escuchar los detalles de los largos recitativi y, mientras estos sonaban, ellos se entretenían de diversas maneras: en conversaciones casuales, bebiendo o comiendo, o incluso divirtiéndose y besuqueándose en los palcos privados. En algunos de los teatros, estos palcos podían cerrarse con persianas para permitirles a sus ocupantes la máxima discreción.

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