Vivaldi en Venecia 

A pesar de haber sido ampliamente conocido como compositor y violinista durante sus años de labor en Venecia, al momento de su muerte en Viena en 1741, Antonio Vivaldi era ya un hombre pobre y solitario, que fue enterrado en una tumba no identificada fuera de las murallas de la ciudad. Su nombre y su obra pronto fueron olvidados durante casi dos siglos, al igual que los de muchos otros compositores de la época, volviéndose patrimonio exclusivo de musicólogos e historiadores.

En la década de 1950 se vivió en círculos de amantes de la música un renovado interés en la música barroca en general, y la música de Vivaldi también volvió a escucharse. Un pequeño festival celebrado en Siena, Italia, en 1939, marcó el punto de partida de su regreso a la conciencia musical, y un afecto creciente entre los fanáticos de la música clásica (aunque no entre todos ellos ...) e incluso entre audiencias más amplias. Los numerosos conciertos que Vivaldi escribió obtuvieron ahora una popularidad sin precedentes.

 

Algunas décadas más tarde, la magnífica música eclesiástica de Vivaldi también saltó a la fama, aunque a un ritmo un poco más lento, y dentro de un público más limitado. Su producción operática, por otro lado, permanece esencialmente en la oscuridad y es (parcialmente) reconocida principalmente por círculos de profesionales, investigadores, y melómanos “hard-core”. El mejor testimonio de esto lo vemos en el hecho que, según su propio testimonio, el mismo Carpentier se enteró de la existencia de la ópera "Motezuma", y eso tan sólo indirectamente, a través de la biografía de Vivaldi publicada por primera vez en 1967 por el musicólogo Roland de Candé (1923 – 2013).

Antonio Lucio Vivaldi nació en Venecia en 1678. Tal y como era común desde la edad media en Europa para las familias de bajos ingresos, pero también para las clases altas, el hijo mayor Antonio fue elegido para unirse a la vía eclesiástica, y en 1703 fue ordenado para servir como clérigo. Desde su infancia su salud fue frágil, evidenciándose especialmente en dificultades respiratorias. Musicalmente, su debilidad lo limitó a la hora de tocar instrumentos de viento. A nivel eclesiástico, inmediatamente después de su ordenación, fue liberado del deber de conducir la misa (Carpentier se refiere a esto en la novela). Esta limitación, y la distancia que ella le impuso de la rutina de la vida del clero, nunca causaron a Vivladi particular molestia.

Vivaldi gozó por primera vez de reconocimiento en el mundo de la música europea en 1711, cuando una pieza de su obra instrumental titulada L'Estro Armónico (La inspiración armónica) fue publicada en Amsterdam y desde allí se distribuyó a todos los principales centros de música del continente. El segundo éxito llegó con una colección publicada en 1714 bajo el título La Stravaganza. Más tarde, en 1725, fue publicada (también en Amsterdam) la famosa colección de cuatro conciertos para violín Le Quattro Stagioni (Las cuatro estaciones), junto con otros ocho conciertos, bajo el título conjunto Il Cimento dell'Armonia e dell'Inventione (La competencia entre​ la armonía y la invención). En gran parte, el retorno de Vivaldi a la conciencia musical en la segunda mitad del siglo XX se debe a la ejecución de estas obras, especialmente a manos de grupos especializados como el ensemble romano I Musici.  

Pero el nombre y la obra de Vivaldi están relacionados, ante todo, con los diversos cargos que desempeñó dentro del Ospedale della Pietà (Hospicio de la Piedad), una de cuatro instituciones de este tipo que operaron en la ciudad de Venecia desde el siglo XIV, financiadas por las autoridades de la república y dirigidas por un grupo de monjas. El Ospedale fue concebido como un refugio para huérfanos, niños nacidos fuera del matrimonio, así como para niños de familias pobres que no podían criarlos. Gradualmente, la educación musical se convirtió en uno de los elementos esenciales de la vida de la institución.

 

Durante el siglo XVI, el número de niños en la ciudad que necesitaban los servicios del hospicio aumentó considerablemente y la necesidad de financiación creció también de manera constante. Una forma original y meritoria para recaudar fondos fue establecer un coro y una orquesta de jovencitas que acompañara las celebraciones litúrgicas que se llevaban a cabo en la ciudad. Con el tiempo, la fama de la institución creció y muchos viajeros que venían a Venecia buscaban la manera de franquear sus puertas.

Vivaldi comenzó a enseñar violín en esta institución en 1703 y durante las tres décadas siguientes alternó diversos cargos, incluido, a partir de 1716, el de director musical (maestro de concerti). Su relación con la dirección de la institución fue compleja, pero su éxito como maestro y compositor era irrefutable. Pocos eran los compositores que tenían a su disposición una impresionante colección de jóvenes talentos, con los cuales podían ejercitar todos los deseos y caprichos de su creatividad desenfrenada.

 

Como parte de su trabajo en el Ospedale, Vivaldi escribió cientos de obras para una gran variedad de instrumentos, así como una gran cantidad de obras vocales, principalmente para ceremonias religiosas dentro y fuera de la institución. Por ejemplo, en 1716 compuso una de sus obras litúrgicas importantes "Juditha triunphans devicta Holofernis barbarie" (Judith triunfante sobre los bárbaros de Holofernes), según la invitación de las autoridades para marcar la victoria sobre los turcos, y el regreso de la isla de Corfú ese año a la República de Venecia.

A lo largo de su vida, la más mordiente crítica al mundo de la ópera veneciana, y directamente a Vivaldi como compositor, apareció en un folleto satírico escrito por el exitoso músico veneciano Benedetto Marcello (1686-1739). El folleto fue publicado anónimamente en 1720 bajo el título "Il teatro alla moda". Benedetto es ambivalente sobre la ópera veneciana, pero no duda en criticar casi todos los aspectos del género y el entorno social en que se desarrollaba: la artificialidad de las tramas, los estereotipos de las formas musicales, los escenarios excesivos y desenfrenados, los mecanismos de tramoya excesivamente ruidosos, la arrogancia y la chabacanería de los cantantes, la superficialidad de los compositores y libretistas, la avaricia de los empresarios y la incompetencia de los músicos ejecutantes. El nombre del editor imaginario que Marcello imprimió en la portada de su folleto era Aldiviva Licante, una referencia clara y directa a Vivaldi, y a la vez a una cantante veneciana popular de la época, llamada Caterina Canteli.

 

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